sábado 5 de diciembre de 2009

Puerto Canalla

el hilo
que tensas con tu paso
es el mismo que destejes
esa luz es un engaño


no hay lazo
que esquive al viento
para ser cascada
tenemos el mismo fuego en el labio


el hilo que enredas
traza este puerto canalla
en el coral de sus muros
tus pies de volatinera
quilla y escollera temblando por tu ola


abrazas a mi faro
abanico roto
la madeja entre tus dedos
es mi corazón


besé tu rueca
el crótalo y la belladona de la síbila
enhebrándose en tus ojos
desgarrando el huso del nepente


salamandra piel de hielo
hilas el mapa del arrecife
nuca y colmillo imantados
la brújula es tu ombligo
ese lunar es un dardo
me sana


para que la sueltes
toma mi mano
déjala
como se agrieta la pared
miel entreabierta


ahora muerde y cava
dueña de los lazos que desatas
en tu frente el tajo de la sed.





[Pentimento]



C.R.



(Fotografía de Elena Salamanca)

miércoles 2 de diciembre de 2009

Ponencia de 30 de noviembre de 2009 en la Mesa de Letras (Aula Magna José Vasconelos, CENART)

domingo 29 de noviembre de 2009

Línea de Sombra

la jaula que incendiaste
no es la misma que en el precipicio
dejas
cada lunar devoró una cicatriz
esa daga tiene tu olor
corre


aunque se incruste en ti
no todo eslabón es grillete
para volver hay que irse
si volteas
- Xicotencatl sigue ahorcado bajo el árbol –
no está roto lo que hilaste
dentro de ti se sigue enredando


aunque sea de hiel tu rastro
por la cadera de la luna
se encabrita
la nervadura de tu archipiélago


descalza como la adormidera
cuando llegues al puente
duda
y la niebla se disipará.




[Vía Muerta]
C.R.





lunes 16 de noviembre de 2009



[Pieza # 66. Prueba irrefutable de la existencia de Calibán. Canción de amor recuperada en Mallorca, España]

a Diana


Nunca antes habíamos visto a dos monstruos llorando largamente. Antaño la fatalidad, tenía un leve sabor a resistencia. Abrazados, la dimensión de sus deformidades completas era, sumada a la población del Asia, la propulsión de la cabeza de Galileo, inyectada al infinito, perdiendo el siglo. El amor fue una piedrita en provenzal detrás de un ramo de buques rielando la noche. Madame Monstruo y Monsieur Monstruo cubrían los mayas lagartos de sus pensamientos, con la decrepitud de un sueño repleto de sueño negro. Un agujero de ámbar volteado por las moscas (forrado por el feto de sus pechos crueles). Nunca antes habíamos visto a dos monstruos llorando largamente, como si suspendieras un rojo canarito contra la verde velocidad de una película fiera de excrementos. Empiernados, un corto Moctezuma medía a Hernán Cortés en sus rodillas (sobaba plumas); y el mapa de este mundo, abriéndose por las cuencas de sus piernas grotescas, goteaba como un iceberg en pleno amanecer de desembarcos. “La realidad era tan agobiadoramente absurda, tan agobiadoramente mal elaborada -se decían-, que solamente los mediocres y los mentirosos podrán vivir en ella”. Antaño la felicidad, detrás de lo mordido por los horizontes, tenía un leve sabor a la mentira. A una patria de costras. A este lagrimeo sin sentido que sólo eructará por sus memorias como un tatuaje de paso.





TÚ DICES QUE LA REALIDAD ES AGOBIADORAMENTE ABSURDA
YO DIGO QUE LA REALIDAD ES AGOBIADORAMENTE ABSURDA

(AUNQUE PREFIERAS EL SILENCIO
A LAS PALABRAS)
NUESTRA MEMORIA COMO UN TATUAJE DE PASO
SABE QUE ESTAS PALABRAS
JAMÁS SERÁN EL REFLEJO DE LO QUE SIENTO


Ernesto Carrión

*foto: Bill Brandt
*Texto del volumen "Los duelos de una cabeza sin mundo" (Los diarios sumergidos de Calibán I)



En el puerto

Asombra que no haya silueta humana detrás de los actos ciudadanos más felices, a pesar del poder inmenso que los desata precisamente, sin saber ellos cómo han llegado hasta aquí, gesticulando así o asá.
La desaparición se dio finamente al alumbrar la ciudad, porque ella es la sombra ahora, detrás del más mínimo espasmo. Al ganar nombre ha perdido su imagen, y la persiguen, haciendo de esa fuga su añorada vida.
Todos quieren participar de la luz inconclusa y su solo querer los incluye en la imagen. Pero se siguen moviendo como insectos oscuros, matando su previo paraíso, automáticamente y por todas partes, sin saber para quién trabajan ni por qué se les ha concedido la locura de corroer el interior del espacio.
Y Nadie mueve hilos por detrás.
Nadie Absolutamente.
La ciudad por fin está sola, tramando la siguiente desaparición, en secreto. Ya la vi.
Me lo dijo a gritos con muchas bocas, pero al oído, sentada en la estación, arreglándose las pestañas por si acaso.
Su silencio asoma como espuma. Suena a ella en la explosión de sus globitos, uno por uno, pero al compás. Oye la dispersión de la imagen sin señal, el burbujeo, puntos saltando por doquier en la pantalla, epilépticos deletreando su primer sueño, la ceniza cósmica de todo silencio recién concebido: “El carbón en el oído será el sentido próximo.”
(Nadie Absolutamente. Dios Hombre, empalado por multitud de puntos, para la comunión del chivito en los templos pronto vacíos. Túpaj Katari adivinó una vuelta en millones, astutamente transformado en su asesino sin cara.)
Yo también soy una ciudad saltarina.
Sin embargo, sentado aquí, todavía vienen tres preguntas: ¿De dónde sale el viento que empuja las olas hasta aquí? ¿Qué hueco hay en el ojo para que escape del silencio tan deseado? ¿Qué imagen precede a la pronunciación de la primera palabra amorosa?
La ciudad está sola y soy parte de su próxima desaparición.



alan castro riveros



domingo 15 de noviembre de 2009

Cerrado por Reparación

(Droguería de Querétaro, fotografía de Enrique Franco)




Aún respira este cadáver
dentro de su frente
tuya es la hélice que cava

madruga quimera a escupir sangre
gime tras el silbato del tren
hay una paloma negra en la ventana
tras la yugular del péndulo
el viento




[Flujo]


C.R.

jueves 12 de noviembre de 2009

Residenciado en Veracruz

Las Residencias me trajeron al puerto, a escribir. La primera impresión que me dio la ciudad es que está en derrumbe, en tránsito hacia su extinción. Casas de refinada arquitectura republicana están vacías; y la descuidada decrepitud muestra, en sus paredes, vastos hongos negros que hacen sospechar guerra o pestes.
Dos cosas me sucedieron, sin embargo. Una es que, siendo el ojo el engañoso Señor del presente, olvidé haber tenido exactamente la misma impresión la primera vez que fui a Cartagena de Indias. Eso que los gringos llaman el first impression tiene, sin duda, el sitial alto que ellos le otorgan porque marca inmediatamente la opinión del observador; pero, en verdad, al ser una percepción quieta es altamente falsa, pues el first impression no ve el desplazamiento del objeto en el tiempo y, por tanto, no descubre sus potencias, ni su dinamismo, ni sus posibilidades, como tampoco sus intersticios, sedimentos, ni bases. El first impression tiene como propósito hacer imaginar el alma, no mostrarla.
Hoy, la ciudad amurallada de Cartagena es joven, atractiva, misteriosa, rozagante, etcétera. Ninguna first impresión actual percibe que hace un década era una anciana indigente. Con este recuerdo me vino la conversión y vi cómo va a ser Veracruz cuando madure esta su turgente adolescencia.
Lo segundo, volverme vecino del puerto, provocó vertientes nuevas. Hace años, en la amazonía boliviana, un soldadito señaló en la espesura selvática a una capiwara comiendo; ahí nomás, al borde de la pista de aterrizaje. Durante varios minutos, yo pasé preguntando ¿dónde? y él, con paciencia de nana, diciendo infructuosamente ¡allí, allí!, hasta que su tono terminó siendo de recriminación por mi bruta ceguera. Al día siguiente, volvió la capiwara y la vi. Es que el ojo también tiene su propia memoria y ve a su manera, y mis ojos, al avecindarme a Veracruz, recién empezaron a mirar el entorno sin prejuicios. No es fácil ver el derredor cuando es muy diferente de los paradigmas estéticos que nos habitan, figuras fascinantes de las ciudades anheladas como Nueva York o Miami, o de las de moda, como Barcelona.
Veracruz, en cambio, es más parecida a nosotros; pero como es moda intelectual, desde hace tiempo, negarnos con orgullo de letrado, cuando encontramos una ciudad que nos refleja le hacemos extensiva nuestra moda enferma a su cuerpo eterno, que en el caso de Veracruz es un cuerpo tallado por nuestra metodología latinoamericana, hija del barroco colonial mestizo, de mezclar lo que se es con lo que se quiere ser. Misma metodología de la salsa y el tango. Pero aquí, en esta ciudad portuaria del Golfo, ya no quedan residuos de la mezcla antropológica de “español e indígena”, no, ya no. Esta mezcla aquí, ya sucedió. Y otras mezclas se agregaron como a un sofisticado mole, con tanta luz que engendraron a Agustín. Mucho tamaño de producto.
La nueva mezcla aquí es con lo gringo y ya está haciendo su camino, nervioso y bullicioso, todavía serio e inseguro, pero dados los antecedentes no hay duda que volverá a alcanzar majestad. Lo tercero es que el ajuste del iris me trajo, a la zona de claridad, a sus mujeres de ensueño, todas color nuez y dueñas de una sensualidad genética que sabe combinar exactamente el desdén con el fuego lento. Recién cuando se desviste a una ciudad, uno se apropia de sus secretos, aunque desvestirla sea pasajero, como todo en este mundo.
Juan Claudio Lechín
Veracruz, 12 de noviembre del 2009