Las Residencias me trajeron al puerto, a escribir. La primera impresión que me dio la ciudad es que está en derrumbe, en tránsito hacia su extinción. Casas de refinada arquitectura republicana están vacías; y la descuidada decrepitud muestra, en sus paredes, vastos hongos negros que hacen sospechar guerra o pestes.
Dos cosas me sucedieron, sin embargo. Una es que, siendo el ojo el engañoso Señor del presente, olvidé haber tenido exactamente la misma impresión la primera vez que fui a Cartagena de Indias. Eso que los gringos llaman el first impression tiene, sin duda, el sitial alto que ellos le otorgan porque marca inmediatamente la opinión del observador; pero, en verdad, al ser una percepción quieta es altamente falsa, pues el first impression no ve el desplazamiento del objeto en el tiempo y, por tanto, no descubre sus potencias, ni su dinamismo, ni sus posibilidades, como tampoco sus intersticios, sedimentos, ni bases. El first impression tiene como propósito hacer imaginar el alma, no mostrarla.
Hoy, la ciudad amurallada de Cartagena es joven, atractiva, misteriosa, rozagante, etcétera. Ninguna first impresión actual percibe que hace un década era una anciana indigente. Con este recuerdo me vino la conversión y vi cómo va a ser Veracruz cuando madure esta su turgente adolescencia.
Lo segundo, volverme vecino del puerto, provocó vertientes nuevas. Hace años, en la amazonía boliviana, un soldadito señaló en la espesura selvática a una capiwara comiendo; ahí nomás, al borde de la pista de aterrizaje. Durante varios minutos, yo pasé preguntando ¿dónde? y él, con paciencia de nana, diciendo infructuosamente ¡allí, allí!, hasta que su tono terminó siendo de recriminación por mi bruta ceguera. Al día siguiente, volvió la capiwara y la vi. Es que el ojo también tiene su propia memoria y ve a su manera, y mis ojos, al avecindarme a Veracruz, recién empezaron a mirar el entorno sin prejuicios. No es fácil ver el derredor cuando es muy diferente de los paradigmas estéticos que nos habitan, figuras fascinantes de las ciudades anheladas como Nueva York o Miami, o de las de moda, como Barcelona.
Veracruz, en cambio, es más parecida a nosotros; pero como es moda intelectual, desde hace tiempo, negarnos con orgullo de letrado, cuando encontramos una ciudad que nos refleja le hacemos extensiva nuestra moda enferma a su cuerpo eterno, que en el caso de Veracruz es un cuerpo tallado por nuestra metodología latinoamericana, hija del barroco colonial mestizo, de mezclar lo que se es con lo que se quiere ser. Misma metodología de la salsa y el tango. Pero aquí, en esta ciudad portuaria del Golfo, ya no quedan residuos de la mezcla antropológica de “español e indígena”, no, ya no. Esta mezcla aquí, ya sucedió. Y otras mezclas se agregaron como a un sofisticado mole, con tanta luz que engendraron a Agustín. Mucho tamaño de producto.
La nueva mezcla aquí es con lo gringo y ya está haciendo su camino, nervioso y bullicioso, todavía serio e inseguro, pero dados los antecedentes no hay duda que volverá a alcanzar majestad. Lo tercero es que el ajuste del iris me trajo, a la zona de claridad, a sus mujeres de ensueño, todas color nuez y dueñas de una sensualidad genética que sabe combinar exactamente el desdén con el fuego lento. Recién cuando se desviste a una ciudad, uno se apropia de sus secretos, aunque desvestirla sea pasajero, como todo en este mundo.
Juan Claudio Lechín
Veracruz, 12 de noviembre del 2009